Donald Trump se embarcó en la apuesta más arriesgada desde que es Presidente. En complicidad con Benjamín Netanyahu, el bombardeo a Irán abre una potencial “guerra interminable” como las que tanto criticó en campaña. Ciertamente, Trump optó de nuevo, como antes en Venezuela, por sembrar terror desde el aire antes que poner tropas en tierra ajena. En estricto rigor, una guerra como la de Irak es aún improbable. No obstante, la historia indica que la situación puede salir rápido de control. Mientras tanto, la Casa Blanca juega a la ruleta ante la perplejidad de un mundo inmerso en un orden internacional más y más frágil.
En Medio Oriente, Irán tomó represalias por los bombardeos a Teherán con una ola de terror sobre las bases militares estadounidenses en la región. Asimismo, atacó activos como aeropuertos y hoteles. Además, para ganar poder de negociación e incrementar sus exportaciones a mejor precio, cerró el tránsito de buques petroleros en el estrecho de Ormuz, nudo geográfico en la salida del golfo Pérsico por donde transita una quinta parte del petróleo mundial. Con la pradera en llamas, el efecto inmediato para la región es la inmediata pérdida de turismo, una caída en los volúmenes de las ventas energéticas y, en general, una sensación de inseguridad extrema que mina la confianza y ataca al corazón el ritmo de la vida cotidiana.
El resto de Asia padece un alto grado de vulnerabilidad a un conflicto prolongado. Japón y Corea, dos naciones sin producción petrolera propia, son quienes más dependen del petróleo que transita por el estrecho de Ormuz, a saber, siete de cada diez barriles importados pasan por ahí. Si no retorna la normalidad, los países de noreste asiático enfrentarán un choque inflacionario o tendrán que abrirse a las importaciones rusas provenientes de las refinerías de India, que podrían expandir márgenes operativos por el premio de riesgo. Por otra parte, China es el mayor importador de petróleo crudo del mundo, con más de 11 millones de barriles diarios comprados al exterior, si bien tres de cada diez barriles que consume son producidos en casa contra uno de cada diez adquirido a Irán, sin contar que tiene acceso privilegiado a las importaciones rusas a descuento y que, en las primeras horas del conflicto, Irán permitió el tránsito por Ormuz de buques petroleros rusos y chinos.
En Europa, las primeras horas de caos delatan vulnerabilidades económicas y distanciamiento entre líderes. Por una parte, los bombardeos iranís a Catar provocaron que los precios del gas natural licuado en Europa saltaran hasta 50 por ciento en las primeras horas del lunes, avivando temores por la sabida fragilidad energética del continente. Por otro lado, los gobiernos reaccionaron sin cohesión grupal y, para muestra, Pedro Sánchez negó permisos a los aviones estadounidenses en las bases militares de España, mientras el Reino Unido respaldó a Washington de forma vacilante hasta provocar la decepción manifiesta de Trump. Entretanto, en respuesta a la incertidumbre reinante, el Presidente de Francia anunció una expansión de las cabezas nucleares y, con ello, invitó a otros países a una nueva carrera armamentista. En general, Europa luce poco preparada para lidiar con frentes abiertos en Ucrania y Medio Oriente a la vez.
En cambio, Rusia tiene un sitio privilegiado entre los ganadores. Putin resultó más díscolo de lo que Trump previó en campaña. Contra su promesa electoral, no sólo el conflicto en Ucrania persiste, sino que Moscú ha exhibido a Washington por su incapacidad de cerrar el grifo a las exportaciones de crudo ruso. Trump incluso amenazó a India con más aranceles si continuaba con la importación y refinación de petróleo sancionado. Pero ahora, como dice el periodista Javier Blas, especializado en energía: “Putin sacará provecho de la guerra con precios inflados y mayor demanda de crudo sancionado… Rusia tendría más facilidades para vender en el mercado negro los millones de barriles de petróleo que tiene guardados. Si la Casa Blanca voltea a otro lado, India podría comprarlos”. Para Moscú, es un regalo caído del cielo.
Más lejos del fuego cruzado, América Latina permanece al margen del conflicto, cuando menos en directo. A la luz del presente que explica el pasado, la captura del petróleo venezolano como botín de guerra tomó mayor sentido: en su campaña napoleónica por el mundo, Trump usa las potenciales reservas para templar el precio internacional del crudo. No obstante, en detrimento de la región, una guerra en Medio Oriente beneficiaría a Petrobras a costa del resto de Brasil por una demanda débil en China, mientras que una desaceleración estadounidense lastimaría a México. Chile y Perú, dependientes del precio internacional del cobre, que en esencia depende de la actividad industrial y no del vuelo al refugio como el oro y la plata, también padecerían un menor dinamismo global. En el agregado, el bajo crecimiento regional de los últimos años por la moderación del ciclo de materias primas y el surgimiento de retadores asiáticos en la manufactura podría acentuarse si el conflicto en Medio Oriente no amaina.
Si el propósito de Trump al bombardear Teherán era el retorno de las carreras armamentistas, la inestabilidad de Medio Oriente, el empoderamiento de Putin y la erosión de la confianza en el derecho internacional, entonces la Casa Blanca conquista el éxito en sus propios términos. Por supuesto, el asesinato del líder supremo iraní y el derroche de poderío aéreo podría sumar votos en las elecciones de noviembre, elevar el temor de otros mandatarios díscolos y a la larga debilitar a la economía china más que a la estadounidense. No obstante, el retorno esperado palidece frente al riesgo desatado. En este escenario caótico, el resto del mundo padece las agresiones de Washington y observa arder el orden internacional basado en la presunta moralidad de Estados Unidos. En manos de un maquinista sin recato ni hoja de ruta clara, ese tren partió de la estación para nunca más volver.
De Mario Campa