¿El Peronismo vence al tiempo?

¿El Peronismo vence al tiempo?

Es un movimiento histórico que necesita volver a encontrarse con aquello que le dio origen y sus raíces previas encarnadas en una historia rica en experiencias populares

¿El Peronismo vence al tiempo?

“El Justicialismo ha dejado de ser la causa de un hombre para ser la causa del pueblo, y por ella sí valdría la pena darlo todo, incluso la vida”

Juan Domingo Perón

Esta semana volvió a instalarse una pregunta que cada tanto reaparece en la discusión pública Argentina: ¿El peronismo está muerto? Alberto Buela lo planteó hace pocos días desde una mirada provocadora hablando de una muerte filosófica de su ser. La discusión, más allá de las frases y reels que circularon o de las interpretaciones que se despertaron, tiene el mérito de obligarnos a pensar algo que deberíamos hacer mucho más seguido, preguntarnos qué permanece, qué cambió y qué necesita cambiar para volver a ser una fuerza capaz de interpretar al presente.

Porque si el peronismo está muerto, habría que explicar primero qué es lo que murió ¿una estructura partidaria? ¿La dirigencia? ¿Una forma de hacer política? ¿Una sociedad que ya no existe? ¿Una doctrina mal aplicada o detenida en el tiempo? El peronismo fue prohibido, perseguido, proscripto, atravesó crisis internas y fue dado por muerto más de una vez. Sin embargo, permaneció en los gremios, en los barrios, en los clubes, en las familias, en las organizaciones sociales, en las unidades básicas, en las fábricas y en la memoria de millones de argentinos que encontraron en aquella experiencia una forma de entender la política y también una determinada idea del modelo de país que queremos. Esa continuidad no se explica solamente por la capacidad de sus dirigentes, porque sería desconocer justamente aquello que hizo posible su supervivencia, el peronismo construyó organización y esa organización se apoyó en una identidad popular que excedió largamente a quienes ocuparon circunstancialmente los lugares de conducción.

El peronismo nunca fue solamente una estructura electoral ni una suma de dirigentes, sino una experiencia política profundamente arraigada en la organización y, sobre todo, en el pueblo. Mientras siga existiendo pueblo y espíritu de argentinidad seguirá existiendo el peronismo.

Tal vez por eso, el momento actual pueda pensarse menos como el final de una experiencia que como uno de esos períodos en los que un movimiento histórico necesita volver a encontrarse con aquello que le dio origen y sus raíces previas encarnadas en una historia rica en experiencias populares que construyen y laten al son de lo argentino. Hoy existe una generación que está aprendiendo, muchas veces de manera dolorosa, qué sucede cuando la política se transforma en una conversación entre dirigentes, cuando la interna ocupa el lugar del proyecto y cuando la pertenencia sectorial termina teniendo más importancia que la capacidad de interpretar una sociedad que cambia.

La Argentina que conoció el primer peronismo estaba atravesada por la expansión de la sociedad industrial, por grandes masas obreras, por una identidad laboral mucho más estable y por organizaciones intermedias que estructuran buena parte de la vida social. Hoy ese mundo es diferente, el trabajo se fragmentó, crecieron la informalidad y la precariedad, cambiaron las formas de producir y de comunicarnos, aparecieron nuevas subjetividades y nuevas demandas, mientras una parte importante de quienes deberían sentirse representados por la política ya no encuentran en las organizaciones tradicionales un espacio de pertenencia. Eso no vuelve anacrónicas las banderas del peronismo, las vuelve todavía más necesarias, pero exige formularlas de otra manera.

También Perón fue quién sintetizó esto en una frase que hoy vuelve a tener un sentido histórico, no hay nada mejor para un argentino que otro argentino. Ahí hay una definición política, pero también una forma de mirar el país y de recuperar los acuerdos que nos permitan vehiculizar las transformaciones necesarias para volver a tener una argentina pujante. El otro no es necesariamente un enemigo, un adversario irreconciliable ni alguien al que haya que excluir de la idea de nación; es, antes que nada, otro argentino con quien existe la posibilidad y la necesidad de construir un destino común.

Esa vocación de mayoría es especialmente importante para pensar la etapa que se viene, porque recuperar al peronismo no puede significar reducirlo a la reconstrucción de una identidad partidaria, a la reorganización de sus estructuras internas o a la expresión minoritaria de una parte de la sociedad. La tarea más profunda consiste en volver a construir una idea de nación que pueda interpelar a una mayoría, no desde la nostalgia sino desde el futuro. Y para eso hace falta recuperar algo que durante demasiado tiempo pareció quedar fuera de la discusión política: el coraje político, la autoestima nacional y el espíritu transformador que no pide permiso para asumir las consecuencias de lo que cree necesario hacer, porque lo que está primero es la Patria, no los intereses partidarios o personales.

Necesitamos volver a creer que podemos hacer cosas importantes, que tenemos capacidad para producir, para trabajar, para educar, para desarrollar nuestra industria y comercio, para construir ciencia y tecnología, para defender nuestros recursos, ejercer soberanía y para ocupar un lugar propio en el mundo. Necesitamos recuperar la convicción de que Argentina no está condenada a administrar sus limitaciones, sino que tiene la responsabilidad de construir su propio destino.

El desafío, entonces, no es solamente recuperar votos, generar consensos de superestructura, una foto entre dirigentes o un acto aparatoso, es volver a ofrecer una interpretación de lo que el país necesita en un momento en donde el mundo se está reconfigurando. Hablarle a una sociedad que necesita saber para qué sirve la política y qué proyecto de futuro puede construir, volver a poner en el centro la idea de que el desarrollo económico, el trabajo, la movilidad social, la educación, la producción, la soberanía y la dignidad no son discusiones separadas, sino dimensiones de una misma cuestión nacional.

En “Modelo argentino para el proyecto nacional”, Perón insistía en que una comunidad organizada debía tener al hombre como principio y fin, y planteaba la necesidad de construir un proyecto que expresara una conciencia nacional amplia. Esa concepción resulta particularmente significativa hoy porque permite pensar la organización política no como una maquinaria destinada exclusivamente a conquistar poder, sino como una herramienta para que una sociedad pueda darse objetivos comunes y construir las condiciones para alcanzarlos. Ni hablar de que esta forma de cosmovisión del mundo es lo que hoy se está discutiendo en todos los planos habidos y por haber, el mundo está definiendo el futuro de la humanidad, el tecno feudalismo, la tecnocracia o el Magnifica Humanitas y su crítica al transhumanismo. Para los peronistas, la humanidad es el principio y el fin.

Quizás esa sea la verdadera respuesta a quienes preguntan si el peronismo está muerto. Un movimiento no demuestra que está vivo porque conserve sus símbolos, sus nombres o sus estructuras, sino porque todavía sea capaz de producir pensamiento, organización y futuro. Y si algo debería hacer esta generación es tomar en serio aquella provocación: discutir la doctrina, actualizarla, volver a pensar al sujeto histórico, interpretar una sociedad que cambió y reconstruir una propuesta que vuelva a tener vocación de mayoría.

Por eso, la próxima etapa es de refundación, de recuperar una confianza nacional que alguna vez permitió imaginar que el país podía ser mucho más de lo que las circunstancias parecían indicar. De volver a construir una idea de futuro en la que la Argentina vuelva a significar prosperidad.

Porque quizás de todo laberinto se salga por arriba, como escribió Marechal, pero para hacerlo primero hay que recuperar la capacidad de mirar más lejos que la propia coyuntura. Hay que levantar la cabeza por encima de las internas, de las redes, de los focus, de las pequeñas disputas y de los nombres propios, para volver a preguntarse qué país queremos construir y qué estamos dispuestos a hacer y sacrificar para que ese país exista en plenitud.

Porque, en definitiva, los destinos de la Patria y los destinos del peronismo están unidos por una misma responsabilidad histórica: volver a pensar una Argentina capaz de reconocerse, de recuperar su autoestima y de ocupar en el mundo el lugar que su pueblo merece. El deber del peronismo no es administrar la nostalgia de lo que fuimos, sino construir la Argentina que todavía podemos ser: una Nación Libre, Justa y Soberana.

 

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